Las albas vienen necesariamente sostenidas en el hocico húmedo de todos los caballos.

Las albas abren el mundo en aquella infancia tan lejana que parece sueño. Están en los párpados quietos donde se posaban los restos de una infinita emoción cuando aún oscuro y aún noche me ponía ansioso el estrépito de los caballos que los hombres  ataban a los arados para roturar la tierra de esos inviernos primitivos que pavesianamente se clavaron en la matriz más antigua y recurrente de mis versos.

Cuando los arados partían trizando el alba de gaviotas, me llamaban para tomar aquella generosa parvedad, y me sentaban frente a un tazón inmenso de café con leche recién ordeñada y doña María cortaba de una inmensa hogaza de pan una tajada generosa. En mis años de vacas flacas añoré ese desayuno. Ese tazón más grande que toda mi infancia, tan pequeña y tan expuesta a los vientos, los espacios abiertos en cuyos celajes más de una vez volvería en algún momento de mi vida.

Seguramente aquel lugar que hoy se me ocurre mítico, no habrá sido más que una pequeña chacra sometida a los soles y los vientos en un lugar preciso en la llanura de mi provincia, pero para mí era el paraíso al que vuelvo cada vez que me pongo triste. Pero también un día como el de hoy, feriado y huero, ideal para el mate, la lectura de los grandes poetas que me hicieron tan feliz, y hoy enriquecen la modestia de mi vida. Y vienen a mi mente aquella buenas gentes –hombres y mujeres que trabajaron la tierra con tesón-  y que marcaron sin saberlo mi vida y pusieron en mí el camino de mi canto, que como dice Pedroni es como el canto de la perdiz “Que no es triste ni feliz” pero yo agrego que es agradecido porque aún de las carencias se sacan conclusiones y enseñanzas que son rodajas de vida.

Yo sabía que María y Domingo no eran mis tíos pero naturalmente los llamé así porque me merecían ese trato afectivo.

Yo miraba las gaviotas y las garzas que luego hendirían el aire con sus nubes y sus crepúsculos que no tienen repetición, que nunca son iguales.

Hoy, justamente hoy que me paro bajo esos vientos que mueven los molinos, y creo escuchar el ladrido de los perros por las noches, el silencio inmensurable, el grito de una lechuza como un látigo en la noche y yo me veo dormir abrazado a ese caballito de yeso que tenía una pata rota ajustada con una piadosa cinta adhesiva. Ese caballito de yeso del cual nos acordamos con Pichón Bucelli tantas veces. Lo escribo hoy que Pichón nos ha dejado y no tengo más referencia de ese caballito, quiero decir, ya no tengo con quien compartir este recuerdo.

Nunca podré olvidarme de estas cosas tan fundamentales del niño que fui que marcan a fuego este hombre que soy, asediado por los recuerdos, que es como si todavía esperara el llamado para disfrutar de ese gran tazón del desayuno que nunca más veré humear ante mis ojos en aquella cocina con su marlera pintada de verde

JORGE ISAÍAS

Jisaias4646@gmail.com