Uno de los 30 mil desaparecidos, antes de ingresar a esa lista, no dejó de cantar el himno nacional antes del fusilamiento que tuvo lugar en la ex jefatura de policía de la ciudad de Rosario.
Cantaba el himno como canción de amor de despedida de su compañera.
No podía comprender lo individual sin la suerte colectiva.
No hay felicidad particular sin felicidad de mayorías.
Eran los tiempos de Videla, Galtieri y Martínez Hoz.
Justamente José Alfredo Martínez de Hoz, ex gerente de la empresa Acindar, devenido en ministro de Economía del terrorismo de estado a partir del 2 de abril de 1976, decidió eliminar la entonces Junta Nacional de Granos en 1979, la piedra angular para la apropiación de los puertos de parte de la multinacionales.
Dos años después, según la historia oficial, Cargill, la mayor representación de Estados Unidos en el negocio multimillonario del comercio internacional de granos y derivados, en el año 1981, decidió montar una de sus plantas en el lejano sur del mundo, en Puerto General San Martín, nada menos que en la angostura de Punta Quebracho.
La cruz que marcaba el triunfo de las fuerzas nacionales contra las naves francesas e inglesas del 4 de junio de 1846, fue corrida dos kilómetros de su sitio original.
En pleno terrorismo de estado, en los tiempos de la dictadura de las desapariciones, el recuerdo de una victoria popular valía nada en relación a los intereses de la multinacional norteamericana.
La cruz de la victoria, dos kilómetros después marcaba la realidad de quienes mandaban y mandan en la Argentina del siglo veinte y también del siglo veintiuno: los intereses de Estados Unidos.
Cada 4 de junio, cuando algunos, no muchos, recuerdan el triunfo de Punta Quebracho, puntualmente hay una ofrenda floral de parte de Cargill. Parece una provocación pero quizás sea una marca de poder.
El imperio se apropió del territorio en el que el gauchaje del siglo diecinueve le ganó a ingleses y franceses, a la principal potencia del mundo del siglo 19.
No solamente corrió la cruz dos kilómetros si no que además lo recuerda y nos recuerda que ellos son los dueños de esa maravillosa terraza cósmica que dibuja el Paraná sobre esas tierras del sur santafesino.
Todavía hoy se encuentra en las referencias históricas y bibliográficas que esa cruz de Punta Quebracho es monumento nacional. En realidad es propiedad de Cargill, de su poder, de su impunidad, de su cinismo.
La cruz de Punta Quebracho parece ser la síntesis del cuerpo social argentino.
Desplazado, movido, corrido a favor de los intereses de la multinacional.
Una metáfora de las grandes mayorías.
El problema central está en qué hacen las grandes mayorías ante semejante avasallamiento del capital extranjero.
45 años después de la imposición de Cargill es fundamental protagonizar una historia en que los dueños del país seamos capaces no solamente de proteger nuestras luchas si no también nuestras riquezas y nuestro territorio.