La revista del periodismo rosarino de mayor duración en la historia del medio siglo es un motivo de celebración. Épica concreta de valores que hoy no cotizan en bolsa. Sensibilidad, racionalidad y necesidad de pluralismo por encima de las cuestiones personales. Un manual de estilo que trasciende al propio medio de comunicación y que también se concreta en la manera de pensar, decir y actuar de su director, Carlos “el Turco” Galli.

Los 38 años de recorrido de “El Vecino” es también la propia historia de la democracia argentina que en 2023 estará cumpliendo sus primeros cuarenta años. Una crónica en la que ni la geografía de la ciudad ni tampoco la del país siguen siendo las mismas. El tiempo, mucho menos que los planes políticos y económicos, hicieron y deshicieron aquellos mapas que abrazaban el primer número de la revista.

Casi nada queda de la ciudad obrera, industrial, portuaria, ferroviaria y capital nacional del fútbol de aquel 1984. Poca gente debe acordarse de las maneras de gobernar de José María

Vernet en la provincia, Horacio Usandizaga en la ciudad y Raúl Alfonsín en la nación.

Todavía se escuchaban, por sobre todas las demás, las radios de amplitud modulada de la ciudad de Rosario.

Pero eran los tiempos fulgurantes de la democracia recién recuperada después de la noche carnívora del terrorismo de estado y se discutía la unidad latinoamericana como requisito indispensable para el necesario futuro mejor que inevitablemente llegaría. No se podía retroceder.

Aquellos valores de la democracia debían ser piso, punto de partida, nunca menos. No fue así.

Los canales de televisión rosarinos tenían sus propios programas y no estaba bien reproducir lo que venía de Buenos Aires. La identidad rosarina mostraba con orgullo su trova, su fútbol, su teatro y su historia rebelde.

El periodismo escrito era la base de todos los demás y había un respeto sagrado por la opinión ajena. Leer era un sinónimo de respeto y una meta permanente. La televisión generaba sus propias figuras y no era sencillo eludir la fascinación de aquellos mediodías tanto en las pantallas de Canal 5 o Canal 3.

“El Vecino” tenía sus tapas de Fontanarrosa en un solo color porque el costo de editar en papel siempre fue una cordillera difícil de cruzar y no era sencillo salir mensualmente.

Aparecían estrategias para vender publicidad o suscripciones pero la debacle de la ciudad obrera también tuvo su reflejo en los comercios que apoyaban porque tenían ganas de leer cosas de la rosarinidad.

La bomba puesta en la FM de LT 3, la vigencia de la Liga de la Decencia, el robo de los documentos de la CONADEP de octubre de 1984 y el peso del arzobispado mostraban las señales de una cultura autoritaria pero que parecía estar en franco retroceso y en viaje último al país del nunca jamás. Tampoco fue así.

Los años noventa impusieron la lógica del dinero por encima de las noticias y los multimedios atronaron con la globalización y surgió el temible vocablo que hasta hoy se pronuncia como un axioma irrevocable: gerenciar. Lo individual comenzó a horadar aquel piso de la reconstrucción democrática. El menemato rubicundo no solamente se llevó puesto la otrora ciudad industrial, sino también los ideales revolucionarios y transformadores. Sindicalistas empresarios, deportistas gobernadores y justicia a imagen y semejanza del poder económico primero y luego del poder político.

Aquellas poderosas radios rosarinas, los canales de televisión y los diarios locales dejaron su paso a las empresas con sede en otras provincias, en otras geografías. Fue el tiempo, como tantas veces dijimos en esta querida revista, de la noticia obediente. Una matriz que continúa hasta el presente. Solamente se dice, solamente se muestra y solamente se escribe aquello que no moleste a los gerentes de los medios o a sus amigos.

El socialismo en la ciudad y el kirchnerismo a nivel nacional parecieron generar otro ámbito para los sobrevivientes de aquellos inciáticos días de la democracia del 84, cuando surgió “El Vecino”. La pibada volvía a las calles y la política parecía recuperar su caudal de sueños y esperanzas.

El macrismo, la psicopolítica, los algoritmos y las noticias inventadas trajeron el retorno de

los brujos: la irracionalidad, no ver para no creer, la necesidad de la mano dura, la reducción del estado y la maldición contra las construcciones colectivas de transformación.

Hubo inflaciones e hiperinflaciones, pandemias y ausencias tremendas y dolorosas y siempre, como una resistencia inverosímil, “El Vecino” siguió estando en formato papel y también digital.

Resistencia y esperanza.

38 años de “El Vecino”, mucho más que una revista.

Una hermosa obstinación que todavía se alimenta de ideales, lucidez y sensibilidad.

Un privilegio estar entre las personas que la siguen haciendo posible.

Gracias y a festejar.