Por Bruno del Barro

 

Hay un arte secreto que permite nombrar con palabras análogas fenómenos distintos entre sí: es el arte por el cual las cosas divinas pueden nombrarse con nombres de cosas terrenales, y así, mediante símbolos equívocos, puede decirse que Dios es león o leopardo, que la muerte es herida, el goce llama, la llama muerte, la muerte abismo, el abismo perdición, la perdición deliquio y el deliquio pasión.

UMBERTO ECO, El nombre de la rosa(1980)

Se recluyó en la hondonada allende el pueblo, en prudente y voluntario exilio, para no joder con sus ruidos y escándalos a los pobladores y construir su última obra como carpintero y como hombre sobre la Tierra. Su última obra. Nada más simple y en apariencia patético. Su ataúd. No era un anciano místico o quijotesco, sino más bien un viejo ramplón y práctico. La vida fue lo suficientemente justa con él, gozó de los ríos y de su ridículamente numerosa familia; también consideró redundante esta generosidad puramente cuantitativa de una vida tan cargada de años –uno sobre otro y otro y otro…-, pues fue inevitable ver morir o desistir del soporífero pueblo a todos sus cercanos.

Sería una situación enojosa para unos aldeanos pobres que apenas conocían al ermitaño, buscar sepulcro para un apestoso fardo de carne –porque lo hallarían irreconocible luego de varias semanas hinchado por el calor de cualquier estación-, viajar hasta el pueblo siguiente para mandar a hacer el cajón más barato (él era el carpintero más competente en kilómetros), volver, meter al viejo a martillazos en ese espacio reducido y económico, con la menor cantidad de vértices, y brindar un funeral con las liturgias más elementales como así dictaba la superstición pero limitaba la miseria.

No; al fin y al cabo era una cuestión estrictamente utilitaria, higiénica. Cuando algo se pudre o se va a pudrir, hay que aislarlo, por lo menos. ¿Y quién lo iba a hacer en su lugar? Lo encontrarían en la cama, adherido a las telas, lo envolverían en ellas, pero la gente solía ser tan estúpidamente idólatra y pudorosa que no tendría el valor de echarlo al río o quemarlo por temor a misteriosas venganzas celestiales.

El viejo no sabía adónde lo mandarían, si al cielo o al infierno, o a esperar sentado en el purgatorio con un numerito en la mano; pero del cajón nadie se salvaba. Para evitar esas fatigas a lugareños ya cansados y agotados por el mero arte de subsistir y con sus propios viejos que cargar, se puso manos a la obra; la última; animoso, silencioso y sin fatalismos.

Sólo una familia lindaba con el sucucho devenido en el taller del viejo, una familia que se diferenciaba de las del resto del pueblo, no en sus hijos, que eran tan excesivos como en la de cualquiera, no en menor carencia, que era tan estrictamente democrática en aquel sitio, sino en su alegría. No había tarde en que los críos no se dispusiesen a jugar en los patios sin fronteras con la obligatoria creatividad del que casi nada posee.

Al viejo Iturbe, que así se llamaba el viejo carpintero, nunca se le hubiera ocurrido construir en tan poco tiempo tantas cosas con tan poco como hacían los pibes (ramas de los árboles, alambres, plásticos, agua, tierra y arena): barcos, instrumentos, castillos, naves, espadas –claro que las últimas y más necesarias cinceladas de la forma eran trabajo exclusivo de la imaginación-; ni mañana en que las mujeres no anduvieran por la casa sin cantar a coro, música que a la noche era acompañada por la guitarra de cinco cuerdas del único varón adulto del que se tuviera noticia en la casa, feliz y solícito ante la organización matriarcal.

Esa visión pintoresca de los vecinos rejuvenecía al viejo y le hacía recuperar la felicidad que nunca había perdido. Pero había una verdad irrefutable, es decir, una injusticia insoluble: por más feliz que fuese alguien, de todos modos moriría.

Ese paisaje insípido y agreste, pincelado únicamente con el arte de sobrevivir de los humanos, también del color del paisaje y de la tierra, era el más indicado para una despedida del mundo: un mundo hostil que sólo la creatividad podía salvar.

Sólo Iturbe, que había vivido en todos lados repartidos en tantos días, podía saber que lo mejor se encontraba en la naturaleza, en la soledad del campo; que había que volar por todo el globo para recién entonces apreciar la tierra donde se había nacido; y esa familia tan joven, que había vivido siempre allí y en ningún otro lugar, parecía ya saberlo con su fluir manso en la cotidianidad; incluso aparentaban sospechar lo que sólo un muerto podía saber: que vida hay una sola.

Esos gurises gozaban del espacio abierto como si hubieran padecido ya el bochorno de la ciudad, disfrutaban de la libertad como sólo un presidiario luego de muchos años de cautiverio podía entender. La libertad, primero por inconciencia, era innata; una vez que mucho se había vivido, había que volverla a aprender. Así se veían una y otra generación, los niños y adultos de ese caserío, y podría sumarse a este grupo último al longevo vecino que los observaba, que tanto había vivido –casi parejo a los años- y tanto le había costado volver a ser libre como en su niñez.

El ruido del trabajo llamó la atención de los gurises que invadieron el taller. Los niños distinguieron el boceto, el esbozo de féretro sin terminar y gritaron: ¡un barco! ¡un avión! ¡un auto volador! y lo montaron como tal. Ni siquiera podían sospechar la cercanía del cajón con su verdadero signo, la cercanía entre aquel artefacto depositario y la muerte, sino que por el contrario lo relacionaban con la transportación, con el movimiento, con la vida.

Luego de enumerar un gran listado de potencialidades del ser de la caja -que a veces se parecían mucho entre sí, meras variaciones de una cosa y otra- se gritó a lo último aquello que faltaba vislumbrar: ¡una nave espacial! Aquellos muchachines, pensó Iturbe, que apenas habían visto a lo lejos algún rastrojero destartalado, alguna que otra trilladora, alguna minúscula silueta de aeroplano, habían aprendido por alguna de sus madres que existían sin duda los viajes interestelares.

Una melancólica lluvia acompañó los rituales que daban fin al sarcófago; grande, liviano, sólido. Le agregó algo de paja en su fondo, unas sábanas y una almohada. Esa noche se acomodó para dormir allí, para empezar a acostumbrarse a descansar allí y, ahora sí, que la muerte venga cuando quiera.

El viejo en la caja: una escena que para el ojo vulgar y descontextualizado resultaría morbosa, pero que de hecho invadía de paz a Iturbe que sentía hundirse de a poco en la tierra húmeda, una paz tan grande que hacía abrazar con tranquilidad y bienvenida el rápido devenir de la inexistencia, si era posible esa misma noche, sonorizada por esa lluvia mansa, constante, que le recordaba el alimento de todos los ríos del mundo.

Echando por tierra los planes, no murió esa noche ni la siguiente ni la excepcional lluvia fue excepcional. Un brazo sin nombre del río Paraná, que arbitrariamente llamaban Paraná, y un siglo después llamarían Iturbe, era el único consuelo para aquellos rostros y suelos agrietados que habitaban los alrededores; refresco y surtidor de alimento. Esta vez, el cielo no detuvo su llanto y el río se desbandó, alojándose lentamente en la hondonada.

Escapando de las charcas que se expandieron más y más hasta formar albercas que en última instancia serían un gran lago sin horizonte, el viejo trasladaba a intervalos todas sus cosas hacia donde el suelo fuera más alto; fue así que tropezó distraído con una yarará que también escapaba despavorida de su refugio anegado y lo mordió; lo masticó, más bien.

-Una yararacusú; la más grande y bella que haya visto –dijo, y vio alejarse el ejemplar de víbora más venenoso que pudiera encontrarse, admirado de su hermosura, de su color negro aterciopelado y sus betas de oro reluciente-. Nada de lavajes con manganato, nada de caña- se dijo Iturbe, y sentenció optimista: -Ahora sí no tengo nada de qué quejarme, mis horas están bien contadas.

Pero una muerte tranquila puede ser tan esquiva como una vida plena, y la inundación no se detuvo hasta tener a Iturbe mareado y afiebrado en el techo inestable del taller sin saber qué hacer, con su cajón, con sus trozos inconclusos de madera con destino a ser su cubierta, y sus herramientas.

Cuando vio a la única familia vecina en igual situación que él –en peor situación, porque ellos tenían intenciones de seguir viviendo-, no lo dudó, y realizando antes algunas pruebas experimentales de flotación, se lanzó con su enorme y tenaz caja por las aguas marrones y revueltas hasta alcanzar la más alta de las taperías donde la familia entera se abrazaba en un rincón; hipnotizados, horrorizados ante el avance del agua turbia que se comía todo a su paso, y que no dejaría ningún firme punto de apoyo en unas pocas horas.

No lo vieron venir al viejo braceando en su caja hasta que ya lo tuvieron encima. Sorprendidos, el hombre y las mujeres no hicieron más que, al unísono, agradecer y suplicar en desgarradores lamentos, mezclas entre su idioma de origen y un desgarbado castellano, que salvara a los niños. Pero Iturbe no escuchaba y ni siquiera los miró, concentrado en mantener firme la canoa –lo que siempre había estado construyendo en un principio, ahora lo sabía-  para que los seis niños abordasen.

Delirando, sudoroso, ardiendo de un dolor puntual, con la cabeza reverberante como queriendo explotar, con el pie enorme, negro y duro como roca, con toda esa cantidad innumerable de años encima, remó con un tablón y transportó a los niños que parecían divertirse hasta el poblado alto de cañaverales al otro lado de la riada. Cotejado con los dolores de toda una vida, este último no era más que una ligera incomodidad.

Con la mínima vitalidad pero con severo ímpetu, volvió a buscar a los que faltaban y los dejó en la misma cañada. Sin una palabra, quizá con una sonrisa sin sentido que respondía inconscientemente a los frívolos y patéticos agradecimientos, se embarcó nuevamente en la caja pero tomando la curva del río siguiendo el perfil natural de la corriente y ya no se lo volvió a ver, a pesar de que la familia lo esperó esa noche y las demás cuando el clima atemperó. No volvió, a pesar de que esta vez alguien quisiese cuidarlo, curarlo y más temprano que tarde, enterrarlo con interés y dedicación.

Enterrarlo a él, que ya había confundido todo, mezclado todos los signos y significados; la vida con la muerte, la quietud del osario con el movimiento vital de torrentes de sangre y agua, la sepultura con la vida, el río con la sepultura.

Bruno del Barro

11/11/17

Inspirado en una anécdota del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos